Eliges, (¿eliges?) ser odiado.
Prefieres, (¿prefieres?) ser temido.
Ojos, rojos de furia, mirando.
Palabras amenazantes, gestos intimidantes.
Prometes violencia, vomitas insultos que hacen daño, mucho daño.
Eres el ogro temido,
el que la gente evita en la calle,
el que es mejor no despertar, no provocar.
Creas a tu alrededor un ambiente de miedo.
Nadie osa hacer un ruido o llevarte la contraria.
Explotas cuando menos se espera.
Eres un experto en crear decepción.
Vivir contigo es vivir alerta.
Porque cualquier cosa puede malinterpretarse,
sentirse como una afrenta,
o quizás
como un abandono.
Porque, detrás de ese disfraz existe un hombre débil.
Sí, débil.
Porque la violencia es fruto de tu impotencia,
de tu miedo,
de tu fragilidad.
Tienes miedo.
Sí,
mucho miedo.
De la claridad radiante de la verdad,
de los colores vivos del presente,
de los sueños enterrados en el pasado.
Estás herido.
Como la bestia atravesada por la flecha te debates.
Lo destruyes todo porque sientes un escozor en el alma,
un enorme vacío en el recuerdo.
Me siento impotente.
Quisiera lavar tus heridas,
poner un poco de bálsamo en tus yagas.
Pero tan sólo aceptas mi silencio cómplice
testigo de tu infelicidad.
Sólo queda intentar apaciguar tu cólera
con el agua viva de la esperanza.