Segunda infancia,
entre tinieblas.
Ojos gastados por tanto visto,
tanto llorado.
Inocencia de los que ya han vivido
y vuelven a esa etapa
sin censuras, sin prejuicios.
Caprichos de niña chica,
exigencias de princesita mimada.
Lloras, cuando eres consciente,
por lo que ya no puedes,
por lo que eras.
"¡Ay, ay, ay!"
Te quejas porque te sale del alma,
tan cansada,
tan usada
como esos ojos
como ese cuerpo,
como esa piel...
Y resplandeces cuando ves
los frutos de esa vida dada.
Y nos acaricias, nos sonries,
y piensas, en lo más profundo,
valía la pena,
valía la pena todo.