Noche cerrada.
No hay luz, no hay ruidos.
Silencio y oscuridad.
En tu cuna abres los ojos de par en par.
Alargas el brazo. Buscas, buscas...
Oscuridad. Silencio.
Es infinito el brazo que busca alcanzar la luz.
El corazón que late a todo tren se ensancha en la esperanza.
Las lágrimas del miedo se convierten en energía vital, desesperada.
El brazo, más lejos.
La oscuridad, más densa.
El silencio, atronador.
Una búsqueda, una esperanza, una necesidad...
Querer encontrar ese alguien que te consuele,
que te proteja,
que te de seguridad.
Sabes que hay algo,
que ese ser protector está ahí.
Aunque no lo veas, está ahí, en el infinito.
Estás seguro,
a pesar de estar inmerso en el pánico de la noche,
en el vacío de la soledad,
en el vértigo del miedo.
Estás seguro.
Crees, sí, crees.
No puedes dejar de creer porque sino
morirías.
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Años más tarde descubres
que toda tu vida
ha sido un inmenso esfuerzo
para alcanzar a esa persona.
Y que la fe, se te ha impuesto.
Que tu relación con ese Dios
tiene su origen en esa mano ausente,
en ese esfuerzo por tocarlo,
por sentirlo, por amarlo.
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Yo quiero estar ahí, al otro lado, para tí, mi niñ@.
Quisiera que tus esfuerzos, que tu búsqueda, no tengan que ser infinitos.
Que tu mano me encuentre,
que tu angustia se calme.
Y así, agarrando tu manita en mi mano
poder mostrarte, allá, a lo lejos,
que hay un más allá posible.
Que el calor de mi mano, que la seguridad de mi fuerza,
son simples indicios de lo que existe allá
y
en tí.
.